Desde tiempos ancestrales, diversas culturas como los aborígenes australianos, los indios Mayas y pueblos de Birmania utilizaron larvas para limpiar heridas infectadas y gangrenadas, observando sus efectos benéficos. En la era pre-antibiótica, esta técnica era efectiva para curar infecciones purulentas.
En los años cincuenta, el Dr. William A. Nolen vivió una experiencia reveladora en el Bellevue Hospital: la enfermera Riley le mostró cómo las larvas mantenían limpia una úlcera necrosada, comiendo solo tejido dañado. Aunque inicialmente causaba repulsión, quedó demostrado su valor terapéutico.
Los autores concluyen que, aunque es natural buscar nuevas conductas terapéuticas mirando al futuro, no debemos desestimar los méritos del pasado. Técnicas como la terapia larvaria, aunque olvidadas y consideradas repugnantes, resurgen como opciones válidas cuando la medicina moderna no tiene respuestas.
Los primeros datos escritos sobre las larvas lo encontramos en la Biblia, donde Job, dice: «Tengo la piel agusanada y ennegrecida. La carne se me revienta y brota el pus.» (Job 7:5)
En la batalla de San Quintín, en Francia en el año 1557, el cirujano Ambroise Paré observó con cautela que las heridas de los pacientes afectados olían mal y estaban putrefactas y gangrenadas. Ambroise Paré no sabía que las larvas eran de moscas; él creía que se originaban espontáneamente de la corrupción de los tejidos putrefactos, una creencia común en su época. A pesar de su repulsión inicial, trató varias heridas por traumatismo que presentaban gusanos, logrando la curación de los pacientes más allá de todas las expectativas. Paré describió cómo las heridas infestadas mostraban una recuperación sorprendente, aunque en sus escritos tendía a enfatizar los aspectos negativos de las larvas sin atribuirles conscientemente un efecto benéfico . Esto es considerado el primer reconocimiento europeo de la utilidad médica de las larvas, aunque sin duda no sería el último. Años después, durante las guerras napoleónicas, el barón Larrey también observaría este fenómeno en los soldados heridos en Egipto.
Durante los siguientes 300 años, la eficacia de las larvas fue esporádicamente reportada. Uno de estos reconocimientos fue hecho por el cirujano militar de Napoleón Bonaparte, Dr. Dominic Jean Larrey, durante la expedición francesa en Egipto (1798-1801). Los soldados con heridas supurativas estaban muy enojados con las larvas de la mosca azul, peculiar en aquel clima.
Larrey observó que las larvas aparecían rápidamente y notó que las heridas infestadas cicatrizaban mejor. Intentó convencer a los soldados de que las larvas ingerían tejido muerto sin dañar el vivo, pero los médicos limpiaban las heridas para prevenir reinfestación.
En sus memorias, Larrey documentó que las larvas «aceleraban la cicatrización provocando la caída de las escaras», aunque no logró convencer a sus colegas.
El uso de larvas con fines terapéuticos tiene raíces antiguas en culturas como los aborígenes australianos, birmanos y mayas. En la medicina occidental, su aplicación documentada comenzó a mediados del siglo XIX en Francia y Estados Unidos, especialmente durante la Guerra Civil Americana. El médico confederado John Fourney Zacharias fue pionero en utilizarlas deliberadamente para eliminar tejido gangrenoso, logrando limpiezas más efectivas que cualquier agente disponible y salvando muchas vidas.
Sin embargo, su uso terapéutico enfrentó obstáculos. La gran diversidad de especies de moscas dificultaban distinguir las que solo comen tejido muerto de las que dañan tejido vivo. Además, el descubrimiento de la teoría de los gérmenes por Pasteur y Koch generó rechazo a introducir agentes contaminantes en el cuerpo, priorizando técnicas antisépticas y asépticas.
A pesar de esto, durante la Primera Guerra Mundial, ante la alta mortalidad y la insuficiencia de las técnicas antisépticas, algunos cirujanos militares notaron que las heridas infestadas accidentalmente con larvas sanaban mejor. Surgieron rumores sobre médicos estadounidenses que intentaban inducir la infestación, aunque estas ideas eran vistas con escepticismo.
El Dr. William S. Baer, cirujano ortopédico y profesor en la Universidad Johns Hopkins, tuvo una experiencia reveladora durante la Primera Guerra Mundial. Dos soldados bajo su cuidado habían permanecido abandonados en el campo de batalla durante siete días con heridas graves infestadas de larvas (miasis). Al llegar al hospital, los soldados no tenían fiebre, infección ni gangrena, y al retirar las larvas, Baer observó tejido de granulación rosado y saludable. Las heridas estaban sanando de manera sorprendente.
Años después, ya en la vida civil, Baer se especializaba en osteomielitis, una infección ósea debilitante y dolorosa que afectaba principalmente a niños. Las úlceras crónicas llenas de pus podían durar entre cuatro y diez años o más, con abscesos recurrentes y tejido muerto. Fue entonces cuando recordó aquella experiencia en la guerra y comenzó a considerar si las larvas podrían ser la solución para estos casos desesperantes.
En 1929, el Dr. Baer retomó el uso de larvas para tratar osteomielitis crónica, inspirado por observaciones en heridas de guerra.
Tras realizar desbridamientos quirúrgicos, aplicó larvas en 21 pacientes, logrando la curación completa en dos meses. Las larvas limpiaban tejido muerto, reducían bacterias y favorecían la cicatrización. Para evitar infecciones como el tétanos, Baer desarrolló métodos de esterilización y cría en laboratorio.
La terapia larvaria se popularizó en más de 300 hospitales de EE.UU. y Canadá, e incluso laboratorios como Lederle producían larvas estériles para uso clínico. Sin embargo, con la llegada de los antibióticos (sulfamidas y penicilina) a mediados de los años 40, la larvaterapia cayó en desuso durante cuatro décadas.
En los años 80, el interés resurgió tras casos accidentales de curación con larvas, como el de una anciana en San Francisco. Médicos como Edward Pechter y Ronald Sherman documentaron estos hallazgos, demostrando que las larvas podían ser efectivas cuando los antibióticos fallaban, especialmente en infecciones resistentes, úlceras crónicas y pacientes inmunodeprimidos. Sherman impulsó su redescubrimiento clínico, destacando su valor en la medicina moderna ante el creciente problema de resistencia bacteriana.
El Dr. Ronald A. Sherman, considerado el padre de la terapia larvaria del siglo XXI, es profesor de medicina y patología en la Universidad de California, Irvine. Desde estudiante, su formación en entomología lo llevó a creer en el uso terapéutico de los insectos. En el Veterans Administration Hospital de Long Beach, California, creó un laboratorio para criar larvas con fines clínicos y lideró el primer estudio controlado que demostró que la terapia larvaria acelera la curación de úlceras por presión, con menor costo, mayor rapidez y menos molestias que los tratamientos convencionales. Además, logró salvar la pierna gangrenada de Harold Taylor, evitando una amputación que parecía inevitable.
El señor Taylor, paciente del Dr. Sherman, prefirió la terapia larvaria a perder su pierna, describiendo las larvas como «magníficas» a pesar de sentir cosquilleos o mordeduras. Cada vez más médicos, como el Dr. John Church en Oxford, Inglaterra, adoptan esta técnica, también llamada «biocirugía», para tratar casos difíciles.
El Dr. Carlos A. Vincent, médico cirujano internista ecuatoriano y profesor de Medicina Interna por 15 años, es pionero en Latinoamérica en el uso de terapia larvaria para tratar pie diabético, osteomielitis, úlceras por presión y procesos necrosados agudos y crónicos. Desde su juventud creyó en el valor terapéutico de los insectos, y en 1990, tras leer un artículo sobre larvas de Sericata, comenzó a investigar y aplicar esta técnica.
Su enfoque innovador incluye usar larvas no solo como tratamiento, sino también como método diagnóstico en infecciones fistulosas y osteomielitis no detectadas por radiografías, un procedimiento sin publicaciones previas en Medline. Actualmente, en su fundación, realiza un estudio comparativo entre la terapia larvaria y el tratamiento convencional.
El Dr. Vincent rescata prácticas ancestrales olvidadas, recordando que «todo lo que brilla no es oro» y que la sabiduría del pasado puede complementar a la medicina moderna. Para él, el desconocimiento de un tratamiento no significa su inexistencia.
En los últimos 20 años, las larvas se han utilizado con éxito en heridas necrosadas de diversa índole: mastoiditis, úlceras de decúbito, tumores necróticos, osteomielitis crónicas, quemaduras graves y más. Han demostrado su valor curando casos sin esperanza cuando otros tratamientos fallaron.
Sin embargo, la doctora Jane Petro, cirujana del New York Medical College, señala que el asco o repulsión que generan las larvas sigue siendo la principal barrera para su uso más amplio, por lo que suelen reservarse para pacientes en estado crítico. Estudios confirman que solo el 36% de los pacientes aceptaría esta terapia como primera opción, aunque aumenta si la herida es grave. Las enfermeras especializadas muestran mayor disposición que las no especialistas, quienes a menudo sienten rechazo. La educación sobre el tratamiento ayuda a reducir estas emociones negativas y mejorar su aceptación.